Tal vez nadie lo quiera pensar de esa manera, pero es muy probable que un nuevo apocalipsis esté arrastrando a la humanidad en su vorágine, al menos esto es lo que deja entrever la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su 81º período de sesiones, iniciado este martes 22 de septiembre de 2026.
La situación no da pie a pensar en otros aspectos: guerras, conflictos armados (drones y armas cada vez más sofisticadas), fenómenos naturales fuera de control, una inflación amenazante con precios que aumentan sin aviso, una población migrante incapacitada para moverse y señalada como factor terrorista y, para colmo, en medio de un ambiente tecnológico creado por la aparición de la Inteligencia Artificial (IA) que, hoy mismo en México, ya ocasionó que los estudiantes dejen afuera sus teléfonos celulares para evitar incidencias negativas en los objetivos educacionales. La vida de millones de personas, ya está siendo afectada en estos momentos.
Bajo el lema: «Restaurar la confianza y gestionar la transformación a fin de que las Naciones Unidas generen resultados para todos», más de 130 dirigentes entre jefes de estados, 45 jefes de gobierno, 11 vicepresidentes; en total 116 dignatarios y 130 líderes de alto nivel iniciaron las consultas y contactos de la Asamblea más impactantes que ha tenido la ONU en su historia de más de cuatro décadas.
No sólo podemos intuir los temas a tratar, sino que ya los estamos viviendo en carne propia: las guerras de Ucrania, Israel, Gaza, Irán, conflictos regionales como el de Sudán, Congo, en Africa y el de Myanmar, en el Sureste asiático. Todos los funcionarios llegan sólo observándose y preguntándose si de algo vale la pena reunirse para tratar de, al menos, decrecer el impacto ocasionado por esta carga de fenómenos sociales, naturales, económicos y tecnológicos.
Cabe recordar que la Asamblea General es el principal organismo de la ONU, creado en 1945, al final de una Segunda Guerra Mundial que, durante estos ochenta años, más bien parece haber emergido como si nunca hubiera acabado. Parece reactivarse en diferentes partes en el mundo; como creando lo que podría denominarse la Primera Guerra Global. Esta Asamblea la integran 193 países miembros que, a lo largo de cuatro décadas, decidieron sumarse a este proyecto mundialista con la espera tambaleante de algún día siquiera poder ver la paz, superar al hambre, ser testigos de la coordinación humana hacia un desarrollo por encima de las envidias y egoísmos políticos, sociales y económicos, así como a apartar la parsimonia en la que se tiene al planeta, que sólo grita su fin anticipado.
Si en este momento se compara la situación actual del mundo con la Segunda gran guerra, nos encontramos en el cuarto año, donde los frentes entre los Aliados y el Eje, se extendieron hacia Africa del norte, la Europa central y nórdica, la Siberia soviética, la caída de Italia estamos, por así decir, en la fase más violenta de la conflagración más devastadora que ha habido en la historia de la humanidad. Un año más y ya se estará preparando el Día D y los ataques nucleares contra Japón.
Respecto a las guerras y conflictos armados, estos no parecen terminar. Para el presidente ruso Vladimir Putin, poner fin a su operación militar sólo se traduce en la rendición de Ucrania; mientras que el presidente Volodimir Zelenski, la paz significa la devolución de los territorios arrebatados por Moscú en una guerra que ya contabiliza cuatro años de ataques y ofensivas. La propia Asamblea general sabe bien que ninguna de estas opciones son posibles, aunque haya sido Elon Musk, quien lo haya propuesto primero.
Con un Estados Unidos que cantaba una victoria pronta sobre un menospreciado Irán, que en medio año no ha llegado y que sólo ha causado el bloqueo de uno los accesos marítimos más importantes del mundo; el Estrecho de Ormuz, por donde atraviesan las embarcaciones transatlánticas que distribuyen alimentos, combustibles y la producción que necesita el mundo para mantener activo su comercio y toda la economía manufacturera. Ni qué decir de la contaminación que causan los ataques navales en las zonas marinas involucradas. Al igual que en el Mundial de Futbol, ahora se puede decir que ya no hay enemigo pequeño, sino desconocido.
El mutuo desaire que se hacen Donald Trump y Ji Xinping también es evidente en un fracaso por resolver las diferencias económicas que los han enfrentado. El presidente indio Narendra Modi, cuyo país ya es una de las principales potencias mundiales y podría haber sido un factor de solución en las crisis regionales, declinó participar. El invitado que todos quisieran, Vladimir Putin, igualmente se abstuvo de acudir al evento y, con ello, la guerra de Ucrania continuará más como una confirmación de fuerza, orgullo y prejuicio. Seguro que para el próximo 28 de septiembre, fecha de clausura de la LXXXI Asamblea General de la ONU, habrá más conflictos que vida.












