Una pesadilla gramatical

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Ayer tuve un sueño, de esos que yo creí que me asfixiaba en un libro. No por el olor a viejo o guardado, sino por el contenido gramatical que tenía: simplemente alucinante, como cuando los exploradores o descubridores hallaban algo impactante.

Caminaba por el desierto en medio de las dunas, el frío y el silencio sepulcral. Medio alucinante tras una caminata de varios días, empecé a escuchar balbuceos en el ambiente. Voces que se escuchaban como cuando uno se coloca los audífonos en modo estéreo: tal vez por eso dicen que son para sonido ambiental.

Una voz decía claramente en lo que parecía una tertulia nocturna:

«Me llamó la atención que después de tanto tiempo que nunca tuve un cumpleaños literario. Este fue mi día, aunque no mi honomástico. Fue la ocasión en que descubrí que el español que hablo es más fecundo, complicado y extenso. Con gusto puedo decir que hoy empieza mi vida en el idioma oficial, el que nos trajeron los peninsulares hace más de quinientos años, al asegurar que no conocemos más allá del 5 por ciento de lo que hablamos», dijo la voz que yo ubicaba al lado derecho de mi posición.

«Hoy descubrí que la India no se dice así ya que es nombre propio por lo tanto “India” está bien dicho y escrito pero ignoro si en algún país dicen “el México” aunque México no se llama México tampoco se llama República Mexicana, esa es sólo su forma de estado. Se llama EUM (Estados Unidos Mexicanos) abreviado para ahorrar dedo. !Ah¡, por cierto que el dedo más chico no es el pulgar según mi percepción si no, cuenten las falanges y se darán cuenta que es tan grande como la mano», agregó.

Entre los comentarios pude apreciar que había algunas risas, no tan escandalosas, pero semejantes a las que la gente suele tener en reuniones lúdicas. Esas que emanaban de las «tocadas», que en realidad no eran eso, sino, más bien «escuchadas», porque nadie tocaba un instrumento, sólo se congregaban personas que comentaban sus actividades y en el fondo se apreciaba alguna melodía rockanrolera de los sesentas.

No sabía si estaba en el paroxismo de mi larga jornada onírica, pero seguía percibiendo la conversación como si fuese una distracción que me ayudaba a seguir adelante, a través de un lugar inhóspito o sobrecogedor. Fue entonces cuando a mi izquierda se oyó la voz de otro parroquiano que decía:

«Habrá que revisar esa regla de la que hablas», dijo. «Primero, voy a hablar sin consultar a la Real Academia de la Lengua Española. Yo sabía que esa regla decía que sí se pueden usar los artículos, de hecho hay muchos nombres de países, además de la India, que usan artículo, tanto porque es parte del nombre oficial como si es el nombre tradicional:
Los Países Bajos
Los Estados Unidos de América
El Salvador
La Argentina
El Japón
La China
La Unión Soviética
El Perú

Es frecuente que, en crónicas históricas se use el artículo para referirse a los países en una situación especial:

La Polonia ocupada por el ejército de la Alemania Nazi.

El México de los años setenta sufría problemas económicos, lo mismo que el Chile dominado por Pinochet.

Por último, en portugués, (al menos), tanto en Portugal como en Brasil, cuando se habla de un país se hace con un artículo y hasta un género, masculino o femenino:

O Mexico. (El México).
A Alemanha. (La Alemania).
O Japão. (El Japón).
O Canada. (El Canada)», específicó.

Está última reflexión me hizo detenerme. No sabía si era un diletante literario o un adicto a lengua de Magallanes. Bajé mi mochila azul tipo Guerret para descansar un momento sin dejar de pensar en lo que la segunda voz había dicho. En mi alucinación pensé: ¿me están educando o qué? En el fondo podían distinguirse las notas clásicas y contundentes de Janis Joplin y su «Piece of my heart»; una voz potente y cargada de sentimiento agonizante, justo lo que se necesita para cantar el blues.

Tomé un sorbo de mi cantimplora, que era redonda y plana. ¡Vaya cantimplora! Sólo tenía capacidad para medio litro, así que era sólo tomar un trago o no llegar al destino. Me pregunté si «cantimplora» proviene de «cantina»o «canteen. en inglés». ¡Definitivamente estaba comenzando a alucinar!

Recogí la mochila, la ajusté a mi espalda. Ese modelo tenía una armazón de aluminio que, si bien no pesaba mucho, después de dos días de marcha, parecía una piedra bien labrada. Emprendí la marcha. Apenas lo hice, una tercera voz se unió a la charla en estéreo del ambiente. Me hizo recordar aquellas veladas de los años ochentas en Rock 101 y «El cuerno de la luna» donde se hablaba de temas un poco siniestros los martes por la noche.

«Nunca tuve duda en usar el artículo. No sólo por el sustento que ustedes dos presentan, sino por una simple razón: el español es elegante, rimbombante, churrigueresco, es decir gusta de los detalles abrumadores, magnánimos y enfáticos. El articulo se lo han quitado sólo a Estados Unidos para demeritar, al menos, su hegemonía en la forma verbal. La forma periodística en la que se me exigió trabajar en todos los medios de comunicación donde he laborado prácticamente lo han hecho muchas veces por algo que le llaman estilo, es decir un acuerdo del medio de comunicación sobre cómo se van a referir a las cosas que publican. Aunque dicen que se basan en la Real Academia de la Lengua Española, a final de cuentas no hay una regla en sí y todos parecen destrozarla o adecuarla a su voluntad. Pareciera más un convenio personal para designar los intereses gramaticales bajo un costumbrismo utilitario que en un periodismo serio. En algunas televisoras, por ejemplo, no les gusta que un encabezado comience con el verbo como en: Aprueba el Primer ministro Winston Churchill que…, y en su lugar exigen al periodista redactar así: El Primer ministro Winston Churchill aprueba que… Otro problema en la redacción periodística son los cargos, ¿Primer Ministro se escribe con mayúsculas o no? Los géneros, los extranjerismos, los tecnicismos, uff, todo un universo de letras. Demeritar o destacar, he ahí el dilema, como dice el Bardo.

De veras creo que estaba al borde de la locura con esta última reflexión que hacía el tercer personaje que, al parecer era un periodista con mucho tiempo de trabajo y experiencia.

Por fin conseguí despertar. Estaba sudoroso y mis ojos no se ajustaban bien a la luz de mi entorno. Sediento, con la lengua con sabor a veinte de cobre, me levanté y caminé descalzo hacia la cocina. Tomé un vaso y me dirigí hacia el garrafón de agua cual marino que llega del océano tras una larga travesía. Mientras tomaba el líquido veía que el botellón decía Bonafont y bajé inmediatamente el vaso y lo alejé de mí. Con ojos sorprendidos fui al baño a mojarme la cara. La palabra me recordó a Bonaparte y mi mente comenzó a pensar sobre ese legendario y astuto general francés al que mi padre tanto admirada. Fue cuando dije: ¡No más pesadillas literarias! En el fondo de mi mente resonaba una voz que decía:

¿Napoleón era de verdad francés? ¿Realmente dijo que China era un gigante que algún despertaría?

¡La pesadilla histórica había empezado! Y lo peor de todo, es que estaba despierto.

Imagen de Mystic Art Design en Pixabay

 

 

 

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